sábado, 4 de mayo de 2013

Sobre el acceso a la función pública, el caso de la Educación en la Comunidad de Madrid

 De la regulación de las listas de interinos
         En la anterior entrada me ocupé del escándalo de los resultados de las pruebas de conocimiento de las oposiciones de maestros, y traté de defender que en ningún modo suponían un desprestigio para la Escuela Pública, sino para los opositores suspensos. También hablé de "aviesas intenciones" por parte de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid al hacer públicos dichos resultados. La mayor parte de sindicatos de educación y algunos de mis compañeros entienden que la Consejería buscaba desprestigiar a todos los trabajadores de la enseñanza pública (como tratara de hacer Esperanza Aguirre en su día cuando afirmó que trabajábamos 18 horas semanales), yo me inclino más bien por pensar que la Consejería de Educación tan solo buscaba cuestionar la preparación de unos profesores y maestros en particular: los interinos. La publicación de los datos de la última oposición de maestros venía a preparar el terreno para la reforma unilateral del baremo de la lista de interinos que tenía preparada la Consejería, confiando en que mucha gente pensaría (y de hecho lo piensa) que así es como se cuelan en la Escuela Pública quienes suspenden las oposiciones, mediante interinidades. Aquí, para variar, defiendo una posición que no abunda: en principio estoy a favor de una nueva baremación (aunque me parece intolerable que se imponga sin negociación) donde prime la nota de oposición (para excluir, como explicaré, factores fortuitos de selección como la generación a la que pertenezca el opositando), y más teniendo en cuenta los cinco años de "sistema transitorio" de oposición (del que me ocuparé en el último apartado de la entrada), pero el argumento de la Consejería de que los profesores interinos serían necesariamente aquellos que no aprueban la oposición es indignante porque es falso. Por ello voy a tratar de ofrecer una serie de consideraciones que corroboran que no es así (y hablo solo de lo que conozco, la enseñanza secundaria).

          El dato es antiguo (no he encontrado uno más reciente), pero esto juega a mi favor, porque es previo al sistema transitorio que buscó consolidar al profesorado interino de larga duración y también previo a los recortes de principio del curso 2011-2012 que disminuyeron drásticamente los contratos de profesorado interino. Bien, pues antes de todo ello los interinos no superaban el 15,5% del profesorado de la educación pública en la Comunidad Autónoma de Madrid. A día de hoy, con toda seguridad, el porcentaje es mucho menor.
          A estas observaciones hay que añadirle que solo un mínimo porcentaje de quienes aprueban la oposición acaban sacando plaza (este año, por ejemplo, 5 de unos 70 que aprobaron la primera prueba en mi especialidad), luego la mayor parte (si no la totalidad en muchas especialidades) de los interinos en los primeros puestos de la lista de sustituciones (incluso con el actual sistema de ordenación de las bolsas de interinos) son personas que han aprobado la oposición (aunque no forzosamente con buena nota), y solo esas llegan a trabajar (empleando una vez más como referencia mi especialidad, a día de hoy el próximo interino a citar es el 44, e insisto en que hubo alrededor de 70 personas que aprobaron la primera prueba de la oposición). Me gustaría saber cuántos profesores interinos en activo no han aprobado jamás una (tal vez no la última) oposición, si es que existe alguno.
          Tal vez lleve a confusión el significado de un contrato interino en otros ámbitos laborales, pero un interino en Educación no es lo mismo que en Sanidad, a saber, un contrato indefinido, en realidad es un contrato para una sustitución o para una vacante de un curso escolar, y es imposible llegar a ser interino en Educación sin haber realizado un examen de oposición (no es pues un contrato libre). Precisamente por esto último, para hacer posible que el sistema público reclute trabajadores entre las nuevas generaciones es indispensable que haya oposiciones regularmente (cada dos años).
          Dicho todo esto, cuya conclusión sería que es inapreciable el número de trabajadores de la enseñanza pública que no han aprobado la última oposición (y en la mayor parte de las especialidades, no en todas, casi con toda seguridad nulo el de aquellos que jamás han aprobado una oposición), la regulación actual de las listas de interinos me parecía injusta cuando me perjudicaba, me siguió pareciendo injusta cuando llegó a resultarme favorable (porque había ganado en experiencia) y continúa pareciéndome injusta ahora que me resulta indiferente desde el punto de vista personal, y aplaudiría su cambio si no fuera por la forma en que está siendo llevado a cabo.

          Para aquellos que no sepan en qué consiste el baremo que permite ordenar las listas de interinos, les diré que es un mecanismo por el cual se ordena a todos (hasta ahora) los opositores sin plaza de una especialidad en función de una serie de criterios, a saber: años trabajados (sobre todo en la enseñanza pública madrileña), nota en la oposición, expediente académico y otros méritos (títulos de idiomas, por ejemplo). El grueso de los puntos que se obtienen salen de los años de experiencia, esto es, en definitiva de la antigüedad en los primeros puestos de la lista de interinos, lo cual genera claramente un círculo vicioso (o virtuoso, según se mire) dado que estar en los primeros puestos me garantiza trabajar hasta la próxima oposición, y trabajar me garantiza a su vez repetir en los primeros puestos tras dicha oposición (pues haberla aprobado no es indispensable para entrar o repetir en la lista de interinos). Hasta este último año la nota de oposición apenas contaba, algo más contaba el expediente académico (fundamentalmente poseer el Diploma de Estudios Avanzados, el doctorado o algún premio extraordinario) y en exceso (desde mi punto de vista) los títulos de idiomas (aunque, una vez más, yo me beneficiaba de este error). Lo ilustraré con un ejemplo: una compañera mía de Filosofía (cuyo blog os recomiendo) sacó la 4ª mejor nota (9,2) en la fase de oposición pero no logró plaza porque la fase de concurso la desplazó al 6º puesto (y había cinco plazas), y sin embargo ocupa este curso el puesto nº 41 de la lista de interinos. A primera vista parece injusto, a continuación trataré de explicar por qué a segunda vista también lo es.

          El sistema de accceso a la función pública aspira a ser ecuánime y responder a dos factores: mérito y esfuerzo. El mérito tendría que ver con algo así como el talento personal (inteligencia, cultura, conocimientos...) y el esfuerzo con la capacidad de trabajo (estudio, organización, actualización...). Para que las pruebas de selección respondan a dichos criterios deberían estar libres de cualquier tipo de contingencia, esto es, de factores que no dependan de uno mismo sino de lo que Rawls llamó la "lotería natural", a saber, raza, sexo, religión, cultura, clase social y aquello en lo que me voy a centrar aquí: la edad (una vez superada por supuesto la mayoría de edad). Consideramos que no sería justo que el hecho de que yo tuviera ahora 45 años y no 30 influyera en que sacara o no plaza en una oposición o en que lograra o no trabajar de interino. Más adelante me centraré en el caso de la oposición refiriéndome a la injusticia de las consolidaciones, pero ahora sigamos con las bolsas de interinos. Obviamente la edad no es en ningún caso un aspecto que puntúe, no hay un apartado del baremo referido a la edad, no obstante de forma indirecta acaba convirtiéndose en un factor determinante. Puede considerarse que en esto interviene una especie de suerte generacional (aquí se nos cuela la lotería natural).
          Supongamos que alguien acaba la carrera en una década en que hay empleo público a espuertas, en que, a pesar de salir muchas plazas en las oposiciones, aún así acaba habiendo una gran cantidad de interinidades a las que (dada la cantidad) es factible acceder incluso sin haber aprobado la oposición (lo planteo como hipótesis, pero de hecho ha ocurrido y, muy excepcionalmente, sigue ocurriendo) aunque no sin haberla hecho. Los primeros puestos de la bolsa de interinos están copados por aquellos que, aún habiendo hecho una buena o muy buena oposición, no obtuvieron plaza, los siguientes puestos están ocupados por los demás, pero aún así les llega el turno y trabajan. Pongamos que esta situación se repite durante unos años. En esa década muchos profesores pudieron sumar puntos de experiencia con oposiciones mediocres o incluso malas. Supongamos ahora que la siguiente década escasea más la oferta pública de empleo y también las interinidades, solo trabajarán quienes ocupen los primeros puestos de la lista de interinos: ¿habría que ordenar la bolsa de interinos de acuerdo a la experiencia laboral o de acuerdo sobretodo a la nota de oposición? En el segundo caso, dado que la oposición es la misma para todos los aspirantes, nuevos o talluditos, las posibilidades de entrar en los primeros puestos son las mismas para todos, en el primero... se convierte en algo fundamental haber opositado varias veces sin obtener plaza.  Voy a tratar de mostrar que la diferencia entre una u otra opción es la que hay entre tener suerte por haber nacido antes, o poseer un privilegio por haber nacido antes.
          Formaba parte de la suerte pertenecer a una generación en que abundaba el empleo, pero convertir la antigüedad en criterio para obtener una interinidad es tratar de convertir esa suerte en ley, y por tanto mi edad o la generación a la pertenezco en privilegio. Cada uno debería aprovechar la suerte del tiempo que le tocó vivir, y no tiene derecho a reclamarla para sí quien no la tuvo, pero también debe asumir la mala suerte que venga del futuro quien no aprovecha las oportunidades del presente, quien tuvo buena suerte y no la supo emplear. Pretender tener las mismas facilidades para acceder al empleo cuando escasea que cuando abundaba, es robar la suerte del momento que me tocó vivir al tiempo para dársela a mi persona, convertirme a mí mismo en argumento para obtener empleo independientemente de mis méritos, sino por mi generación, pero debería competir en buena lid con la misma mala suerte con que compite quien vino a continuación, en otra generación, tras la época de bonanza. No sé si ha habido nunca una época de bonanza (respecto a la actual, sin duda, y puede medirse objetivamente por la cantidad de plazas que se ofertaban hace diez años en las oposiciones con una cantidad semejante de aspirantes), pero que quepa la posibilidad de que tenga lugar esa transferencia ilegítima de la suerte, convirtiendo no en desafortunado, sino en injusto, haber nacido más tarde, demuestra lo ilegítimo que es que la lista de interinos esté ordenada atendiendo fundamentalmente al criterio de la antigüedad dentro del sistema público de enseñanza.

          Se ha generado un debate estéril e incluso tonto, que lo único que logra es enfrentar a unos interinos con otros, y a los interinos con los funcionarios y con futuros opositores, acerca de si es mejor un profesor con experiencia que otro que demuestre poseer más conocimientos en la última oposición (a quien pueda interesarle este debate ya opiné sobre la falsa disyuntiva experiencia/conocimientos en Cinco mitos acerca de la educación). En primer lugar porque el argumento de que las actuales listas de interinos responden al criterio de la experiencia es falso, pues no puntúa apenas la experiencia en centros privados (y no deja de ser experiencia), lo cual demuestra que el criterio real para obtener buenos puestos en la lista es la antigüedad en la propia lista. En segundo lugar porque lo fundamental es que el sistema de acceso al empleo público sea justo o no lo sea, independientemente de lo bien que me venga, y el caso es que en su estado actual es injusto, porque no ofrece las mismas posibilidades a quien se presenta de nuevas (¿qué culpa tiene el pobre de haber nacido y acabado la carrera justo en esta época?) y el nuevo sistema que impone la Consejería sí que da las mismas oportunidades, no menos pero tampoco más, al que se presenta y tiene puntos por experiencia. Es fútil, esgrima ideológica vacía, el debate PP-sindicatos sobre si es mejor profesor el interino gran reserva, el crianza o el joven, el problema de la baremación de las listas de interinos es una cuestión de justicia e imparcialidad en el camino al empleo de profesor, y dicho camino será más justo cuanto menos cuenten factores no inmediatamente relacionados con el mérito tales como el número de intentos o la antigüedad como aspirante a plaza (pueden ser algo a tener en cuenta, pero no determinante), pues arrastran una importante carga de contingencia. Que uno haya sacado mejor nota en la última oposición que otro tal vez no le haga mejor profesor que él, pero sí debería ayudarle a ser profesor antes que a él, y de eso se trata, no de juzgar si es mejor el trabajador experimentado o el joven entusiasta, porque todos conocemos ejemplos maravillosos y lamentables de ambas categorías.
          Por fin, a todo esto hay que añadirle como un argumento extra, el definitivo diría yo, un dato que por sí solo merece un apartado propio (el último): que durante cinco años existió un "sistema transitorio" de oposición que era manifiestamente injusto para con el nuevo opositor (o cuando menos le ponía las cosas muy difíciles para obtener plaza) y que debería funcionar a modo de "hubo una última oportunidad para los interinos de larga duración, un proceso de consolidación encubierto, ahora toca de nuevo una imparcialidad más estricta en el reclutamiento de interinos". Paso a explicarlo a continuación lo necesario para entender ese argumento "definitivo".

De oposiciones, concursos y consolidaciones
          El sistema de concurso-oposición responde a los "principios de mérito y capacidad" que menciona la Constitución en su Artículo 103.3, lo cual lo convierte en el medio ideal de acceso a la función pública hasta que, si se me permite la expresión, se pervierte en forma de consolidaciones. Explicaré a qué me refiero con "consolidaciones".
          El formato concurso-oposición conlleva dos fases de oposición: una (oposición) en que se hace una prueba de conocimientos (que puede tener carácter práctico, teórico o ambos) y otra (concurso) en que se evalúan los méritos del aspirante relevantes para obtener la plaza más allá del resultado del examen de la fase de oposición (teniendo en cuenta cosas tales como cursos de formación, publicaciones, investigación... y sobretodo y ante todo la experiencia laboral). Normalmente la fase de oposición es eliminatoria, establece un primer corte, y solo aquellos que superan este primer corte pasan a la fase de concurso, donde atendiendo a un baremo objetivo se evalúan sus méritos (eso explica que mi amiga, mencionada más arriba, no obtuviera plaza: su fase de oposición fue sobresaliente, quedó cuarta, pero no tenía méritos suficientes para obtener una de las cinco plazas, haciendo balance de examen y méritos quedó sexta). De todo ello resulta una nota final que atiende tanto al resultado de la primera como de la segunda fase, y aquellos opositores con la mejor nota obtienen plaza en orden decreciente hasta agotar el número total de plazas ofertadas en la oposición. Se tiende a considerar que una fase dura de oposición beneficia a los nuevos opositores (pero de hecho no es así, pues reviste la misma dureza para todos los opositores, así que de beneficiar a alguien beneficia al que más y mejor ha preparado la oposición, o al que más sabe, y precisamente de eso se trata, o al que sin concurrir ninguna de las anteriores circunstancias tiene la suficiente capacidad de adaptación como para hacer un buen examen), y desde luego la fase de concurso beneficia (con los baremos que se suelen emplear, en que seis meses trabajados cuentan mucho más, por ejemplo, que una publicación en una revista científica de prestigio internacional) a quienes tienen muchos años de experiencia laboral. Así, considero "consolidación" un concurso-oposición en que la fase de oposición apenas es selectiva por lo que el resultado final de la oposición acaba dependiendo fundamentalmente de un criterio de antigüedad, con lo cual algo tan contingente (como mostré más arriba) como haber nacido 7 años antes o 7 años después, o haber terminado la carrera en un momento de mucha oferta de empleo público o no, se convierten en factores determinantes para sacar una plaza en la oposición. Pero si interviene esa especie de suerte generacional, entonces no cabe hablar en absoluto de "mérito y capacidad".
          Veamos un ejemplo: en el año 2001 hubo una oposición (con el formato concurso-oposición) de enfermería (la última del INSALUD), y claramente se trató de una consolidación ("proceso extraordinario de consolidación y provisión de plazas" rezaba la ley) previa a la transferencia de competencias sanitarias a las CCAA. El mecanismo que empleó la Administración para consolidar a sus entonces enfermeros interinos fue poner un examen en la fase de oposición extraordinariamente fácil: un test de diez preguntas que, hasta donde sé, solo un opositor suspendió en todo el país. La fase de concurso fue pues lo absolutamente decisivo a la hora de obtener plaza. ¿Por qué sería esto injusto? Porque alguien nacido en 1980 no pudo haber acabado la carrera antes del año 2000, luego era imposible que hubiera acumulado ningún tipo de experiencia laboral, con lo que estaba de hecho excluido (dada la nula selección del examen de la fase de oposición) de la carrera por las plazas. Haber nacido cinco años antes se convirtió así en algo decisivo, ¿y acaso reviste mérito alguno haber nacido antes o después?
          Pero si esto es a todas luces injusto, ¿por qué se llevan a cabo procesos de consolidación? Generalmente la Administración trata de reparar un error previo, en este caso el de no haber sacado ninguna plaza de enfermería en los anteriores 7 años (¡y de medicina en 13 años!). Había pues que compensar también la falta de oportunidades de opositar de aquellos que llevaban tiempo trabajando de interinos no por no haber aprobado una oposición o haberla aprobado sin plaza, sino por no haber tenido opción de presentarse a ninguna. No estoy seguro de que algo así justifique una oposición que encubre una consolidación (pues eso pervierte el sistema de oposición y de acceso a la función pública en general), pero en cualquier caso no sería un argumento válido para el ámbito de la educación, pues en este caso viene habiendo oposiciones regularmente cada 2 años. Y a pesar de ello ha habido consolidaciones mediante un "sistema transitorio" que escamoteaba aquello que es fundamental en una oposición, que haya una auténtica selección previa a la fase de concurso (es fundamental una parte eliminatoria), y que examen y méritos sean como mínimo igual de determinantes.
El sistema transitorio en Educación
          En el caso de la enseñanza, el "sistema transitorio" hacía que la fase de oposición constara de una única prueba estructurada en dos partes (una de conocimientos y otra de metodología), que no tenían carácter eliminatorio, por lo que todos los candidatos accedían a la fase de concurso, sin selección previa atendiendo a los conocimientos demostrados en la prueba escrita ni a las habilidades pedagógicas demostradas en la prueba oral. ¿Que uno había suspendido ambos ejercicios? Podía compensarlo con la nota obtenida en la fase de concurso, esto es, con los años trabajados y los cursos de formación realizados. Un nuevo opositor que sacara un 9 en la fase de oposición no sacaría plaza si algún interino de larga duración sacaba tan solo un 5 en dicha fase. ¿Justo? No lo creo, pero pongamos que se tratara de una injusticia necesaria por compensar una injusticia mayor, ¿cuánto debía durar ese sistema transitorio, hasta que se colocaran cuántos interinos de larga duración? Porque el problema de dicho sistema transitorio es que generaba nuevos interinos de larga duración, porque de hecho convertía la oposición en un sistema de selección por antigüedad encubierto. ¿Qué justificaría pues su transitoriedad, su urgencia, su hacer una excepción en el sistema normal de oposición? ¿El alto porcentaje de interinos en el sistema? Pues parece que la Comunidad de Madrid ha dado con otra solución para este problema: dejar de contratar interinos para cubrir vacantes, estas se reservan para los funcionarios en expectativa de destino (aquellos que tienen plaza por oposición, pero no en un centro concreto) y resta a los interinos hacer sustituciones o cubrir puestos voluntarios (medias jornadas, jornadas itinerantes...), si bien no siempre, pues los funcionarios en expectativa también andan cubriendo dichos puestos. ¿El argumento era acabar con la precariedad? Pues ya no lo hay, casi solo trabajan funcionarios (ya no hay trabajo precario porque ya no hay trabajo). Obviamente no pretendo justificar a la Administración, sino que trato de demostrar por reducción al absurdo que el argumento que pretendía justificar el sistema transitorio de acceso a la función pública en educación es un mal argumento, y de paso que dicho sistema transitorio supuso un pequeño privilegio para un cierto números de interinos de las bolsas que, si no supieron aprovechar la oportunidad de obtener su plaza con un 5 o un 6 en la oposición, no tienen derecho a criticar la vuelta a un sistema más justo, ni legitimidad para reclamar que no se cambie el baremo de las listas de interinos. No solo no se les han negado las mismas oportunidades que a los demás, sino que injustamente se les han dado más (e hijos, familiares enfermos, jornadas laborales maratonianas, mala suerte con los temas y el tribunal, y demás contingencias que dificultan preparar o hacer bien la oposición tenemos o hemos tenido todos).
          Las consolidaciones vician por completo el sistema de oposición, que es un filtro fantástico por su imparcialidad, igualitario (tal como quiere la Constitución Española en su Artículo 23.2 donde habla del "derecho a acceder en condiciones de igualdad a las funciones y cargos públicos"), y que da sentido incluso a la existencia y al concepto mismo del funcionariado, porque garantiza su independencia de factores ajenos al mérito para que la Administración Pública pueda servir "con objetividad a los intereses generales" (y no particulares o partidistas). Por ello considero que, dado el sistema transitorio de acceso a la función pública en educación entre los años 2006 y 2011, quienes llevaban tiempo trabajando en la enseñanza pública sin plaza contaron durante ese lustro con unas condiciones muy ventajosas para obtenerla respecto de aquellos que nunca antes habían opositado, y ha llegado el momento de recomponer un poco la igualdad, no solo en la prueba de acceso (cosa que ya ha ocurrido), sino también en la elaboración de las listas de aspirantes a interinidad.

P.S. No quisiera dejar de añadir una consideración particular respecto a la especialidad de filosofía. Es cierto que en los exámenes influye la suerte, de los 72 temas uno no siempre conoce todos suficientemente bien (aunque por eso durante el sistema transitorio se podía elegir entre cinco temas, y ahora entre cuatro), pero yo diría que hay algunos temas sine qua non. En la oposición del año 2008 desde mi punto de vista cayó uno de ellos: "El uso práctico de la razón en Kant". Considero que ningún aspirante a profesor de filosofía puede suspender un examen en el que haya que desarrollar ese tema (otra cosa es sacar nota), tanto si se ha estudiado recientemente como si no, y menos aún un profesor que haya estado en activo, pues la ética kantiana forma parte del programa de Historia de la Filosofía, y más en aquel año en que una de las cinco obras de obligada lectura era la Fundamentación de la metafísica de las costumbres. No sé en otras especialidades, desde luego en filosofía considero que a quienes tuvieran muchos puntos por experiencia en aquella oposición y no obtuvieran plaza a pesar del sistema transitorio se les acabaron las excusas (y eso no quiere decir que no puedan ser buenos profesores, pero no han demostrado estar a la altura de ser seleccionados para la Escuela Pública).

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