domingo, 3 de enero de 2016

Populismos

         Si populismo y demagogia son, como creo, prácticamente sinónimos, el populista es el enemigo acérrimo del filósofo, pues el populismo entrañaría tanto el uso recurrente de falacias (argumentos ad populum o sofismas patéticos) como escaso amor por la verdad y lo bueno (el demagogo amaría por contra lo verosímil y lo agradable, la opinión común aún a costa de lo cierto y lo justo). El populismo sería el gobierno del sentimiento y la intuición frente al de la razón y la argumentación. 
          En contra de esta idea se viene defendiendo recientemente que existe un populismo chachi que bebe de la obra del teórico postmaxista Ernesto Laclau. A mí el constructo teórico de Laclau de la “razón populista” (un oxímoron según lo dicho en el párrafo anterior) me parece neolengua, pero aquí lo voy a comprar. Pongamos que es adecuado distinguir entre un populismo (el bueno) donde el “populum” hace referencia al pueblo, al demos, y sus necesidades y demandas insatisfechas, variopintas y plurales agregadas hasta sumar una mayoría y que se oponen a las de una oligarquía que, en este sentido, estaría excluida del pueblo (por haber excluido previamente a este de las instituciones); y otro populismo (el malo) en que los ciudadanos son reducidos a un colectivo borroso a base de difuminar su individualidad y exaltar rasgos identitarios (esto es, son convertidos en lo que Ortega llamaba “hombre masa”) y sus sentimientos son instrumentalizados para crear un poder omnímodo que se erigiría en auténtico y único representante del auténtico pueblo (formado por aquellos que compartan los rasgos comunes exaltados). Por mor de la simplicidad llamemos a estos populismos “populismo de izquierdas” y "populismo de derechas” respectivamente.
          ¿Qué pinta tiene un discurso populista de izquierdas? Creo que este es un discurso que aplaudirían si no los dirigentes de un populismo de izquierdas, sí muchos de sus votantes: 
"Y, por último, el Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica, porque a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: "Sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien: como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis, no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal"."
          Es obvio que el populismo es un antiliberalismo, y tiende a defender una forma superior de democracia frente a la liberal pues, como reza el texto anterior, el liberalismo entraña una falsa libertad en lo que se refiere a la clase obrera (en la dicotomía clásica, en el marco postmarxista hablaríamos del 99%, de “los de abajo”, de “la gente”) dado que no hay libertad sin los medios para ejercerla de forma efectiva. De hecho, en la teoría de Laclau, el populismo es caracterizado como un “discurso que trata de dirigirse a los excluidos por fuera de los canales de institucionalización”, esto es, a todos aquellos cuyas demandas son insatisfechas y que perciben dicha insatisfacción como exclusión del sistema (de las instituciones). La suma de los insatisfechos es un ente colectivo, “la pluralización de las demandas”, y por ello el populismo sería un antiliberalismo, pues el liberalismo en principio sería individualista (los sujetos de demandas, incluso agregadas, seguirían siendo los individuos, no un ente colectivo). 
          El fragmento anterior, no obstante, no pertenece a un todo que suela considerarse de izquierdas (como saben ya quienes hayan leído en mi blog “El 15M y los discursos para lelos”), pertenece a un discurso populista muy extendido en los años treinta en Europa: el fascismo. En concreto la cita anterior pertenece al manifiesto fundacional de la Falange. ¿Estoy diciendo que todo populismo es fascismo? No, lo reconozco, he hecho trampas, el discurso es más largo, no quiero caer en una falacia de falsa analogía. He aquí otro fragmento del mismo discurso:
“La Patria es una unidad total, en que se integran todos los individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día, y el Estado que cree, sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama Patria.” 
          Este segundo fragmento hace ya perfectamente reconocible el populismo de derechas, esto es, el fascismo, porque el contenido de este segundo fragmento, el nacionalismo, es un ingrediente indispensable para hablar de fascismo, el componente antiliberal del primer fragmento no basta, es condición necesaria pero no suficiente, y pretender lo contrario sería una falacia de falsa analogía. El populismo de izquierdas sostiene un discurso antiliberal sin componentes xenófobos (de ahí la fallida participación de Jorge Vestrynge en Podemos, pues no se acomodaba a esta separación, y por eso muchos de los participantes en los círculos de Podemos no querían, con razón, la ansiada hegemonía a costa de integrar a sujetos como Vestrynge y su discurso contra la inmigración, por eso este no cabía en Podemos, porque quería el pack completo de antiliberalismo y xenofobia, porque Vestrynge obviamente nunca dejó de ser lo que había venido siendo toda su vida, un fascista que ha llevado su fascismo allí donde ha militado). 
          Para mí esta es una diferencia crucial entre el populismo de izquierdas y el de derechas, y si bien no soy populista, para mí es claramente peor el segundo, que no es otra cosa que el fascismo: un antiliberalismo xenófobo, un colectivismo identitario, un populismo nacionalista. Es una fórmula fácil de aprender: colectivismo + nacionalismo = fascismo.
          De esta forma, suponiendo que el populismo no fuera malo en sí mismo, sin duda el componente nacionalista lo pudre. Tal vez exista un nacionalismo no fascista, pero si el nacionalismo convive con el populismo entonces lo que tenemos es falangismo puro y duro. Así que el populismo haría muy bien en no hacerle el juego a discursos identitarios, porque todo discurso identitario es sencillamente xenófobo, porque la identidad propia se define por oposición al otro, al extranjero. El populismo no puede (o no debe) agregar cualquier demanda insatisfecha, sino solo las legítimas (¿qué habría de la demanda insatisfecha de vengarse por su cuenta, por ejemplo, de muchos familiares de víctimas de violaciones o asesinato?), esto es, aquellas que se refieran a derechos menoscabados en mayor o menor medida y que puedan ser satisfechas entro de la ley (aunque está por ver que un populismo que discriminase entre demandas insatisfechas pudiera tenerse por populismo en sentido laclauliano). No hay derechos menoscabados de los ciudadanos catalanes que defender (desafío a cualquier nacionalista a que sea capaz de citarme un solo derecho, uno solo, del cuál él carezca respecto a mí, madrileño, por el hecho de ser catalán), luego la defensa de la excepción para Cataluña es necesariamente la defensa de privilegios, esto es, de la superioridad de unos presuntos poseedores de la identidad catalana. No es compatible la izquierda con el nacionalismo, no es posible el populismo que confraterniza con el nacionalismo sin ser fascistoide. Y añado: con cualquier nacionalismo, porque soy radicalmente antinacionalista, a mi antinacionalismo no le añado ninguna coletilla como “catalán”, para mí no hay nacionalismos buenos o justificados (aunque no todos sean totalitaristas). Mi postura es camusiana, la del resistente. Defender que no se puede ser antinacionalista a secas, que siempre se es nacionalista respecto a una nación es tan falso como decir que solo hay tipos de fascismo, pero que no se puede ser genuinamente antifascista. Sí se puede.

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